Un día, el cura de un pueblo enfermó gravemente con fuertes dolores de barriga y tuvo que ser operado de urgencia.
Mientras estaba dormido por la anestesia, en la habitación de al lado una joven madre soltera daba a luz, pero lamentablemente falleció. El equipo médico, sin saber qué hacer con el bebé, decidió en broma dejárselo al cura al despertar, diciéndole: —Esto es lo que le causaba esos dolores.
El cura, confundido, replicó: —¡Pero eso es imposible!
A lo que el médico, con humor, le dijo: —Hombre, con lo que avanzan los tiempos...
Ante la situación, el párroco decidió hacerse cargo del niño y, al volver al pueblo, dijo que era hijo de una hermana fallecida. Lo bautizaron como Juan y lo crió como a un sobrino.
Años después, el cura, ya muy mayor y en su lecho de muerte, llamó a Juan, de 25 años, para contarle la verdad. Con voz débil, le dijo: —Juan, tengo que confesarte algo antes de irme...
Juan, emocionado, lo interrumpió: —Tranquilo, tío. Hace tiempo que sospecho que en realidad usted es mi padre.
El cura, haciendo un último esfuerzo, le corrigió con sinceridad: —No, hijo... yo soy tu madre. Tu padre... es el obispo.